¡Señor Frank! Nunca tuvimos noticias suyas y los propietarios de la empresa dijeron que había naufragado usted… y todo el mundo. Creíamos que había muerto, se lo digo de verdad, ¡y la pobre señorita Alice con su niñita enferma e indefensa! ¡Ay, señor! Hágase cargo —se lamentó por fin la infeliz, y rompió a llorar con vehemencia—, porque no se lo puedo decir, de verdad. Pero no fue culpa de nadie. ¡Qué el Señor nos asista a todos esta noche!
Norah se había sentado, temblaba tanto que no podía estar de pie. Él le sujetó las manos, se las apretó con fuerza, como si así pudiera sacarle toda la verdad.
—¡Norah! —dijo con calma, estancado como la desesperación—. ¡Se ha casado otra vez!
Norah movió tristemente la cabeza. Poco a poco, las manos dejaron de apretarla. El hombre se había desmayado.
Había brandy en el comedor; Norah obligó al hombre a tragar unas gotas, le frotó las manos y —recuperados los sentidos puramente animales, antes de que la corriente de recuerdos y pensamientos fluyera de nuevo—, lo incorporó y le puso la cabeza en su regazo. Después cogió unas migas de la mesa, las empapó en brandy y se las dio a la boca. Súbitamente el hombre se puso de pie.
—¿Dónde está? ¡Dímelo ahora mismo! —exclamó con tal fiereza, tan enloquecida y desesperadamente, que Norah creyó que iba a atacarla.
Sin embargo, ella ya no tenía miedo. Antes temía decirle la verdad y había reaccionado con cobardía, pero ahora la desesperación de él le había devuelto la capacidad de pensar. El hombre debía de salir de la casa sin demora; ya lo compadecería después, pero ahora ella tenía que hacerse cargo de la situación y mostrarse represiva, pues era preciso que saliera de la casa antes de que volviese la señora. Eso era lo que entendía con mayor claridad.
—La señora no se encuentra aquí, es lo único que debe usted saber. Tampoco puedo decirle dónde está con exactitud. —Lo cual, si bien, no era esencialmente cierto, lo era literalmente—. Ahora váyase, dígame dónde puedo ir a verlo mañana y entonces se lo contaré todo. Mis señores volverán de un momento a otro, y ¿qué sería de mí si me encontrasen aquí con un desconocido en la casa?
El argumento era demasiado mezquino para convencer a un hombre tan desquiciado en esos momentos.
—Tus señores me dan igual. Si tu señor es un hombre, comprenderá que soy un triste naufrago que ha estado muchos años prisionero de unos salvajes y no ha dejado de pensar ni un instante en su mujer y en su hogar, ni de soñar con ella por las noches ni de hablar con ella por el día, aunque no pudiese oírlo. La amo más que a todo el cielo y toda la tierra juntos. Dime inmediatamente dónde está. ¡Miserable, que se escuda en su maldad con ella para maltratarme a mí!
El reloj dio las diez. Los grandes males requieren grandes remedios.
—Si se va de esta casa ahora, mañana iré yo a verlo a usted y se lo contaré todo. Y aun más, podrá ver a la pequeña ahora, que duerme en el piso de arriba. ¡Ay, señor! Tiene usted una hija, pero todavía ignora que es una niñita enferma que es toda corazón y alma, mucho más de lo que corresponde a su edad. La hemos criado con todas las atenciones. La hemos cuidado día y noche, pues durante muchos años creímos que podía morir cualquier día; la hemos atendido, jamás ha conocido la rudeza ni se le ha dicho jamás una mala palabra. Y ahora viene usted y quiere arrancarle la vida con las manos y aplastarla. Los desconocidos la han tratado con cariño, en cuanto a su padre… Señor Frank, yo soy su niñera, la quiero y la cuido y haría cualquier cosa por ella. El corazón de la madre late con el de la niña y, si la pequeña sufre, la madre tiembla de pies a cabeza. Cuando la niña está contenta, la madre sonríe y se alegra; cuando se fortalece, la madre goza de buena salud; pero, si recae, la madre languidece.
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