No se preocupan mucho de

la ostentación externa, y, por conseguiente, sus levitas no son de corte tan elegante como

las de los delgados; mas su ropero es mejor surtido. Al hombre delgado no le quedará, en

espacio de tres años, ni un solo siervo sin hipotecar; pero si se observa, el gordo tiene una

casa al otro lado del pueblo, comprada a nombre de su esposa; más tarde adquiere otra en

un barrio distinto; después una en alguna pequeña aldea cerca de la ciudad y, finalmente,

una finca con todas las comodidades. Al cabo, el hombre gordo, después de haber servido a

Dios y a su zar, y de haber conquistado el respeto de todos, abandona sus actividades, se

traslada a otra región y se convierte en terrateniente, en caballero ruso, cordial y

hospitalario: ha tenido éxito, y hasta mucho éxito. Y cuando Dios se lo lleva, sus herederos

delgados, fieles a la tradición rusa, revientan la fortuna de su padre. No puedo ocultar que

tales eran las reflexiones que ocupaban la mente de Tchitchikof mientras observaba a los

invitados, y el resultado de ellas fue que se decidió a unirse a los gordos, encontrando entre

ellos a todos los que ya conocía: el fiscal, con cejas negras y espesas, y un ojo izquierdo

que tendía a guiñar ligeramente como si dijera: “Entra en el cuarto próximo, chico, que

tengo algo que decirte”, no obstante lo cual era un hombre grave y taciturno; el director de

Correos, un hombre pequeño, decidor y de espíritu filosófico; el presidente del Tribunal, un

caballero muy urbano y sagaz; todos los cuales le acogieron como a un antiguo amigo,

mientras Tchitchikof correspondía a sus atenciones con profusas reverencias, no por

ladeadas menos expresivas. Después conoció a un propietario muy afable y atento, llamado

Manilof, y a otro, de aspecto algo tosco, apellidado Sobakevitch,

quien empezó por pisarle a Tchitchikof el pie y pedirle perdón. Luego entregaron a nuestro

héroe un naipe, que aceptó con la misma reverenda cortés. Todos se sentaron a la mesa

verde, no levantándose hasta que se anunció la cena. La conversación ceso completamente,

como siempre ocurre cuando las gentes se dedican a una tarea importante. Aunque el

director de Correos era muy charlatán, cuando cogía los naipes su rostro asumía

inmediatamente una expresión pensativa, y el labio superior se caía sobre el inferior,

permaneciendo así durante todo el tiempo que jugaba. Cuando jugaba una figura, daba un

violento porrazo en la mesa. exclamando, si era una dama, “¡Fuera contigo, vieja consorte

de cura!”; si era rey, “¡Fuera contigo, campesino Tambof!”, mientras el presidente decía: “

¡Le tiraré de las barbas, le tiraré de las barbas!” A veces estallaban las exclamaciones

mientras lanzaban los naipes sobre la mesa: “Ah, ¡suceda lo que suceda, no hay remedio!

¡Juegue los oros!”, o bien los palos se designaban por diversos apodos cariñosos con que

los habían vuelto a bautizar. Al final de la partida, disputaban algo ruidosamente, según

costumbre. Disputaba también nuestro héroe, pero de modo tan hábil que, aunque discutía,

se echaba de ver que lo hacía con amabilidad. Nunca decía “Usted salió”, sino “Usted se ha

dignado salir”; ‘He tenido la honra de matar su dos”, y así sucesivamente. Para propiciar

aun mas a sus adversarios, les ofrecía constantemente su tabaquera de plata esmaltada, en

cuyo fondo reposaban dos violetas, allí colocadas por su perfume. La atención del recién

llegado la ocupaban principalmente los dos terratenientes que hemos mencionado, Manilof

y Sobakevitch. Apartando del grupo al presidente del Tribunal y al administrador de

Correos, les dirigió varias preguntas referentes a aquellos individuos, algunas le las cuales

mostraron no sólo curiosidad, sino también el sólido sentido común de nuestro héroe; pues,

ante todo preguntó cuántos campesinos—cuantas almas—poseía cada uno, y en qué

condiciones se hallaban sus propiedades; sólo después pidió sus nombres y apellidos. En

pocos instantes, logró cautivarles completamente. A Manilof, un hombre que apenas había

llegado a la edad madura, con ojos dulces como la miel, que guiñaba siempre que reía, le

encantaba. Tanto, que estrechó calurosamente la mano a nuestro héroe, y le rogó muy

encarecidamente le hiciese el honor de visitarle en su casa de campo que, decía, distaba sólo quince kilómetros del pueblo;

a lo cual Tchitchikof, con una cortesísima inclinación de cabeza y un afectuoso apretón de

manos, replicó que no sólo deseaba fervorosamente hacerlo, sino que lo consideraba su

sagrado deber. Sobakevitch dijo también, algo lacónicamente: “Y yo también le convido a

visitarme”, restregando los pies, calzados con unas botas de tan gigantescas proporciones,

que sería difícil hallar pies a que ajustarlas, especialmente en nuestros tiempos, cuando

hasta en Rusia empiezan a desaparecer los gigantes.


Al día siguiente, Tchitchikof fue a casa del director de Correos, donde pasó la tarde y

comió; luego jugaron a los naipes, empezando; tres horas después de la comida y

terminando a las dos de la mañana. Allí le presentaron, entre otros, a un propietario llamado

Nosdriof, un mozo alegre y simpático, de unos treinta años, quien, cruzadas las primeras

palabras, empezaba a tutearle a Tchitchikof. También con el jefe de Policía y con el fiscal

estaba nuestro protagonista en íntimas y cordiales relaciones; pero cuando jugaban elevadas

cantidades, ambos caballeros vigilaban estrechamente las suertes que hacía y tomaban nota

de cada naipe que jugaba. Tchitchikof pasó la noche siguiente en casa del presidente del

Tribunal, quien recibió a su visitante en una bata algo grasienta y en compañía de dos

damas un tanto dudosas. Después pasó una noche en casa del teniente gobernador, y asistió

a una gran cena en casa del recaudador de contribuciones sobre las bebidas espirituosas, y a

una cena íntima en el hogar del fiscal, que valía tanto como un banquete; después de la

misa, fue convidado a un almuerzo dado por el alcalde, que resultó tan sabroso como una

cena; en fin, no tenía que pasar ni una sola hora en casa, y no volvía al hotel sino para

dormir. Se presentaba con desahogo en todas partes, mostrándose hombre de mundo. Sea el

que fuera el tema de la conversación, se daba maña para seguirlo: si se discutía la cría

caballar, hablaba de la cría caballar; si conversaban acerca de las razas de perros, sobre este

asunto también hacía muy atinadas observaciones; si se trataba de un pleito, mostraba que

no ignoraba los procedimientos judiciales; si hablaban de billares, evidenciaba también un

conocimiento de billares; si la conversación giraba sobre la virtud, hacía pertinentes

observaciones sobre la virtud, con lágrimas en los ojos; si sobre la destilación del coñac, de un ponche

caliente, también era entendido en la materia; si sobre los inspectores de Aduanas o los

recaudadores de impuestos, discurría como si él mismo hubiera sido inspector de Aduanas

o recaudador de impuestos. Pero lo notable consistía en que lograba acompañar todo esto

con cierto aire de formalidad: sabía conducirse. No hablaba muy alto ni muy bajo, sino

justamente como debía hablar.