Yo, Charlie Marlow, puse a trabajar a las mujeres… para obtener un empleo. ¡Santo cielo! Bueno, veis, era una idea lo que me movía. Tenía yo una tía, un alma querida y entusiasta. Me escribió: 'Será magnífico. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, todo lo que esté en mis manos por ti. Es una idea gloriosa. Conozco a la esposa de un alto funcionario de la administración, también a un hombre que tiene gran influencia allí', etcétera. Estaba dispuesta a no parar hasta conseguir mi nombramiento como capitán de un barco fluvial, si tal era mi deseo.
Por supuesto que obtuve el nombramiento, y lo obtuve muy pronto. Al parecer la compañía había recibido noticias de que uno de los capitanes había muerto en una riña con los nativos. Aquélla era mi oportunidad y me hizo sentir aún más ansiedad por marcharme. Sólo muchos meses más tarde, cuando intenté rescatar lo que había quedado del cuerpo, me enteré de que aquella riña había surgido a causa de un malentendido sobre unas gallinas. Sí, dos gallinas negras. Fresleven se llamaba aquel joven…, era un danés. Pensó que lo habían engañado en la compra, bajó a tierra y comenzó a pegarle con un palo al jefe de la tribu. Oh, no me sorprendió ni pizca enterarme de eso y oír decir al mismo tiempo que Fresleven era la criatura más dulce y pacífica que había caminado alguna vez sobre dos piernas. Sin duda lo era; pero había pasado ya un par de años al servicio de la noble causa, sabéis, y probablemente sintió al fin la necesidad de afirmar ante sí mismo su autoridad de algún modo. Por eso golpeó sin piedad al viejo negro, mientras una multitud lo observaba con estupefacción, como fulminada por un rayo, hasta que un hombre, el hijo del jefe según me dijeron, desesperado al oír chillar al anciano, intentó detener con una lanza al hombre blanco y por supuesto lo atravesó con gran facilidad por entre los omóplatos. Entonces la población se internó en el bosque, esperando toda clase de calamidades. Por su parte, el vapor que Fresleven comandaba abandonó también el lugar presa del pánico, gobernado, creo, por el maquinista. Después nadie pareció interesarse demasiado por los restos de Fresleven, hasta que yo llegué y busqué sus huellas. No podía dejar ahí el cadáver. Pero cuando al fin tuve la oportunidad de ir en busca de los huesos de mi predecesor, resultó que la hierba que crecía a través de sus costillas era tan alta que cubría sus huesos. Estaban intactos. Aquel ser sobrenatural no había sido tocado después de la caída. La aldea había sido abandonada, las cabañas se derrumbaban con los techos podridos. Era evidente que había ocurrido una catástrofe. La población había desaparecido. Enloquecidos por el terror, hombres, mujeres y niños se habían dispersado por el bosque y no habían regresado. Tampoco sé qué pasó con las gallinas; debo pensar que la causa del progreso las recibió de todos modos. Sin embargo, gracias a ese glorioso asunto obtuve mi nombramiento antes de que comenzara a esperarlo.
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