Otro caso seme­jante es el de nuestro amigo Miles —continuó Pepper con una sonrisa irónica—. He hecho un cálculo aproxi­mado y sin contar el tiempo que estuvo en la cuna, ha escrito un promedio de dos volúmenes y medio anuales. No se puede negar que es una industria próspera. ¿Co­noces la impresentable colección Bruce?

—¡Por supuesto! —contestó con énfasis el señor Am­brose—. Un poquito libre, ¿no?

—¿Conoces el «Fussip en Hedivilles Row»? —Precisamente me refería a él.

Las señoras, según es costumbre inveterada en su sexo, intervenían de vez en cuando en la conversación, pero sin poner una excesiva atención en ella. A Helen la inquietaba la actitud de Rachel, demasiado silencio­sa y tranquila, impropia de su edad. Los caballeros aca­baron por olvidarse de la presencia de las damas.

—¡Ah! ¡Cuántas cosas podrían contarse de aquellos tiempos! —oyeron decir a Ridley al acomodarse en un butacón.

A través de la puerta del fumador percibieron al se­ñor Pepper derrumbado en otro butacón. Parecía haber­se aflojado la ropa y semejaba un mono malicioso. Helen y Rachel cubrieron sus cabezas con sendos chales y su­bieron a pasear a cubierta. Seguían deslizándose man­samente río abajo, cruzándose con las moles ingentes y oscuras de otros buques anclados. Londres, anegado en un mar de luz amarillenta, semejaba la flor monstruo­sa de una mitológica planta. Las luces de los vestíbulos de los teatros, de las tiendas, a lo largo de las calles in­terminables, anuncios que dibujaban su estela de luz en el vacío.

Resultaba doloroso, para personas que se alejaban de allí a la ventura sobre el mar, que la ciudad siguiera brillando, siempre en el mismo sitio, como un faro inal­canzable, cuyo halo de luz amarillenta se elevaba hasta las nubes prolongado por la neblina.

Helen volvió el rostro hacia la muchacha que se apo­yaba en la baranda, a su lado.

—¿Tienes frío, Rachel?

—No… —balbuceó ésta con voz queda, para añadir a continuación—. ¡Qué hermosura!

En realidad, no era gran cosa lo que la noche permi­tía ver. Una hilera de mástiles distanciados, una masa oscura en donde se adivinaba la ribera y sobre ella una serie de pequeños rectángulos luminosos. Eran las ven­tanas. Más allá, una masa de neblina luminosa empla­zaba la ciudad.

La marcha era contra el viento y se veían precisadas a sujetarse las faldas y la cabellera. Al poco rato el vien­to se apaciguó algo, pero volvióse más frío.

Por las entornadas ventanas del fumador vieron a los caballeros apurando sendos cigarros puros. Repentina­mente el señor Ambrose se echó hacia atrás violentamen­te, mientras que un esfuerzo contenido destacaba más las arrugas del rostro del señor Pepper, que pare­cían talladas con cincel. Una sonora carcajada vino a mezclarse con los crujidos que el viento arrancaba a la nave. Los dos hombres, ajenos a todo, se habían sumer­gido en sus recuerdos de Cambridge, allá por el 1875.

—¡Son viejos amigos! —observó Helen, sonriente—. ¿Dónde encontraremos nosotras un lugar para sentarnos?

Rachel abrió una puerta.

—Es más un corredor que una habitación —dijo, mos­trando una original y exótica sala de estar.

Tenía en el centro una mesa empotrada en el suelo y a su alrededor amplios y cómodos divanes a lo largo de los tabiques.

El sol tropical había hecho palidecer la tapicería has­ta un verde azulado. Un espejo, con marco de conchas,, colgaba de la pared; era el trabajo de un enamorado del mar y daba un extraño aspecto al conjunto. Retorcidas conchas de rojos bordes, que recordaban cuernos de unicornio, adornaban la repisa de la chimenea. A cada lado de las puertas pendían unas cortinas de seda morada, con varios borlones. Por las dos ventanas, que daban a cubierta, el sol tropical había encontrado camino para decolorar los cuadros que pendían de la pared. Uno de los grabados representaba, casi indistinguiblemente, a la reina Alejandra jugando con sus perritos. Frente al ho­gar, dos mecedoras de mimbre se ofrecían acogedoras. Sobre la mesa pendía una gran lámpara, era el signo de civilización menos irreal de cuantos adornaban la habi­tación.

—Es raro que todos resulten ser viejos amigos del señor Pepper —comentó Rachel con cierto nerviosismo.

El silencio en que había vuelto a caer Helen la ponía en una situación violenta.

—¿Le haces mucho caso? —preguntó por fin su tía. —Es algo así como esto —dijo Rachel, manoseando un extraño pez disecado.

—Creo que le juzgas con excesiva severidad.

Rachel intentó justificar sus palabras, acudiendo para ello a los hechos, por parecerle más significativos. Así fue contando lo que sabía de William Pepper.