Íbamos a vivir en un pie de más de medio millón anual. ¿Podría yo sostenerlo más de siete u ocho meses? Pero qué importa, cuando no me quedaran más que cincuenta mil francos de renta, podría dejárselos a Albertina y suicidarme. Ésta fue la decisión que tomé. Me hizo pensar en mí. Y como el yo vive constantemente pensando una cantidad de cosas, como no es más que el pensamiento de esas cosas, cuando, por casualidad, en vez de tener ante sí esas cosas, piensa de pronto en sí mismo, no encuentra más que un aparato vacío, algo que no conoce, a lo que, por darle alguna realidad, añade el recuerdo de una figura vista en el espejo. Esa sonrisa rara, esos bigotes desiguales, eso desaparecerá de la superficie de la tierra. Cuando me mate, dentro de cinco años, se acabará para mí poder pensar todas esas cosas que desfilaban sin cesar por mi mente. Ya no estaré en la superficie de la tierra y nunca más volveré a ella; mi pensamiento se parará para siempre. Y mi yo me pareció más nulo todavía al verle ya como una cosa que no existe. ¿Cómo iba a ser difícil sacrificar a aquella hacia la cual se dirige constantemente nuestro pensamiento (a la mujer amada), cómo iba a ser difícil sacrificarle ese otro ser en el que no pensamos jamás: nosotros mismos? Y, por eso, ese pensamiento de mi muerte me pareció, como la noción de mi yo, singular; no me fue desagradable en absoluto. De pronto la encontré horriblemente triste; porque, pensando que ya no podía disponer de dinero, pues mis padres vivían, pensé súbitamente en mi madre. Y no pude soportar la idea de lo que mi madre sufriría después de mi muerte. [En la edición de La Pléiade se incluye a pie de página este fragmento para interpolar en el lugar señalado. (N. de la T.)]
En realidad, en esas horas de crisis en las que nos jugaríamos toda nuestra vida, a medida que la persona de quien depende revela mejor la inmensidad del lugar que ocupa para nosotros, no dejando nada en el mundo que no sea alterado por ella, la imagen de esa persona va decreciendo proporcionalmente hasta no ser ya perceptible. Encontramos en todo el efecto de su presencia por la emoción que sentimos; la persona misma, la causa, no la encontramos en ninguna parte. Durante aquellos días, tan incapaz fui de representarme a Albertina que casi hubiera podido creer que no la amaba, como mi madre, en los momentos de desesperación en los que era incapaz de representarse nunca a mi abuela (excepto una vez en el encuentro fortuito de un sueño cuyo valor sintió de tal modo que, aunque dormida, se esforzó, con las fuerzas que le quedaban en el sueño, por hacerlo durar), habría podido acusarse, y en efecto se acusaba, de no rememorar a su madre, cuya muerte la mataba, pero cuyos rasgos no captaba su recuerdo.
¿Por qué iba a creer yo que a Albertina no le gustaban las mujeres? ¿Porque había dicho, sobre todo en los últimos tiempos, que no le gustaban? Pero ¿no se basaba nuestra vida en una perpetua mentira? Nunca, ni una vez me dijo: «¿Por qué no puedo salir libremente? ¿Por qué preguntas a otros lo que hago?» Pero era en efecto una vida demasiado singular para que no me lo preguntara si no comprendiera por qué. Y ¿no era comprensible que a mi silencio sobre las causas de su enclaustración correspondiera por su parte un mismo y constante silencio sobre sus perpetuos deseos, sus recuerdos innumerables, sus innumerables deseos y esperanzas? Francisca parecía saber que yo mentía cuando aludía a un próximo regreso de Albertina. Y su creencia parecía fundada en algo más que en esa verdad que guiaba generalmente a nuestra doméstica: que a los señores no les gusta verse humillados ante sus servidores y no les hacen conocer de la realidad sino aquello que no se aleja demasiado de una ficción favorable, propia para mantener el respeto. Esta vez la creencia de Francisca parecía fundada en otra cosa, como si ella misma hubiera despertado, mantenido la desconfianza en el ánimo de Albertina, sobreexcitado su enfado, en fin, como si la hubiera llevado al punto en que Francisca podría predecir como inevitable la marcha de mi amiga. Si así era, mi versión de una ausencia momentánea, conocida y aprobada por mí, no podía menos de chocar con la incredulidad de Francisca. Pero su idea de la índole interesada de Albertina, la exageración con la que, en su odio, valoraba el «provecho» que Albertina debía de sacar de mí, podían en cierta medida hacer vacilar su certidumbre. Por eso, cuando yo aludía ante ella, como a una cosa muy natural, al próximo regreso de Albertina, Francisca me miraba a la cara (de la misma manera que, cuando el mayordomo del hotel, para fastidiarla, le leía cambiando las palabras una noticia política que ella vacilaba en creer, por ejemplo, el cierre de las iglesias y la deportación de los curas, Francisca, aun desde el rincón de la cocina y sin poder leer, miraba el periódico instintiva y ansiosamente) como si pudiera ver si estaba verdaderamente escrito, si yo no inventaba.
Pero cuando vio que, después de escribir una larga carta, buscaba la dirección exacta de madame Bontemps, aumentó el miedo de Francisca, hasta entonces tan vago, de que Albertina volviera. Y el susto se tornó verdadera consternación cuando, a la mañana siguiente, Francisca me trajo en el correo una carta en cuyo sobre reconoció la letra de Albertina. Se preguntaba si la marcha de ésta no habría sido una simple comedia, suposición que la desolaba doblemente, como si asegurara definitivamente para el porvenir la vida de Albertina en la casa y como si ello fuera para mí, en tanto que amo de Francisca, es decir, para ella misma, la humillación de haber sido engañado por Albertina. Por impaciente que estuviera yo por leer la carta de ésta, no pude menos de mirar un instante los ojos de Francisca, de los que había huido toda esperanza, deduciendo de este presagio la inminencia del regreso de Albertina, como un aficionado a los deportes de invierno deduce con alegría que se acercan los fríos al ver que se van las golondrinas. Por fin se fue Francisca, y una vez seguro de que había cerrado la puerta, abrí sin ruido, para no parecer ansioso, la siguiente carta:
«Querido amigo: Gracias por todas las cosas buenas que me dices, estoy a tus órdenes para anular el pedido del Rolls si crees que puedo hacer algo, y yo lo creo. No tienes más que escribirme el nombre de tu intermediario. Tú te dejarías convencer por esa gente que no busca más que una cosa, vender; ¿y qué ibas a hacer con un auto, tú que no sales nunca? Me conmueve mucho que guardes un buen recuerdo de nuestro último paseo. Créeme que, por mi parte, no olvidaré ese paseo doblemente crepuscular (porque se acercaba la noche y porque íbamos a separarnos) y que sólo con la noche completa se borrará de mi mente.»
Bien me daba cuenta de que esta última frase no era más que eso, una frase, y que Albertina no podía guardar hasta su muerte un recuerdo tan dulce de aquel paseo en el que, ciertamente, no había sentido ningún placer, puesto que estaba impaciente por dejarme.
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